Una mañana de pleno invierno. La suave presencia de las farolas anunciaba la nieve, las calles solitarias aspiraban tristeza...
La ilusión de una excursión, a lo conocido, o tal vez a lo ignorado.
Madrid. Muchos coches. Mucha gente. Muy grande. Podría seguir y seguir, pero todo empezaría con algún adbervio de cantidad.
Después del emprendimiento del viaje, giré mi cabeza, iba escuchando música, calmada, un tanto nostálgica.
Lo ví, ví la salida deseada del Sol.
Poco a poco, se iban iluminando los campos, dejados descansar en paz con el Sol invernal, poco a poco las carreteras...Los coches, agradecidos de la llegada luz del Sol para poder lograr apagar la luz del intermitente y poder ver perfectamente sin necesidad de electricidad por medio.
El Sol, aburrido de su color, cambió este al esencial rojo oscuro. Precioso. Auténtico.
Lo sé, sé que el amanecer no es nada raro, pero si os dais cuenta, nunca hemos parado a mirarlo, nunca le hemos dado ninguna importancia.
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