Debo confesar que me sigo acordando de aquel día del mes.
También confieso que me gustaría descansar de nuevo en tu sonrisa cada noche. Y al amanecer, refujiarnos juntos en la cueba de los besos.
Debería confesar sin falta, que no pienso nada que no tenga que ver con todo. Al fin y al cabo, ese todo eres tú.
Lo peor, es cuando consigo abrir los ojos con toda mi oposición, y descubro que lo que veo, no me gusta.
Ya no existen los días, porque no existes tú.
Ya no existen las cuebas repletas de besos.
Una de las pocas cosas, que no has conseguido que se extinguieran, es esa cueba.
En la que me encuentro en estos inquietantes instantes.
Fría, helada, oscura, me encuentro sola, sin nadie capaz de hacer que nada de ésto ocurra.
Y es cuando no puedo evitar el caer de esa lágrima.
Una lágrima transparente que camina triste por mi mejilla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario