Y ahí es a donde va, a la basura, como cada uno de los sueños y promesas que hicimos cuando éramos pequeños.
Yo me acuerdo, que le prometí a mi abuela no volver a subirme en una moto jamás; y ahora es mi medio de transporte.
A mi madre le prometí que iba a comer de todo; y ahora estoy a dieta.
Cuando apenas a los diez años iba con mi tía al mercado de la plaza, había un hombre sentado en la puerta, en el suelo frío y mojado por una lluvia Navideña; al salir de comprar, justo llegó un camión enorme y verdoso, aunque también tenía tonos rojos, lo que yo no sabía era que dentro de ese vehículo había cerdos obesos cuyos jamones serían el plato principal ésta Noche Buena. El señor del camión hizo un trato con el hombre que debía tener ya hasta la punta de los dedos de los pies mojados después de estar tanto tiempo sentado en el suelo.
Le pregunté a mi tía si por lo menos ella era consiente de lo tramaban ese hombre gordo, con una gorra roja, un mono azul de albañil y un boli detrás de la oreja con el otro hombre más formal, con un abrigo negro de paño, y un sombrero.
Ella me explicó en qué estaba basada la matanza, en como chillaban los cerdos cuando les mataban para que algún rico tuviese un jamón de calidad para el gusto de su paladar, las palabras de mi tía estaban ejecutadas con rabia, de ahí que siempre que mi madre trabajaba y me tuviese que ir con ella a comer, solo se llevaba a la boca legumbres y verduras. Yo tan enfadada, debido a la poca personalidad de una niña de diez años al escuchar la opinión de su tía en cuanto a la matanza de los cerdos, decidí, que de mayor sería política, sí, sí, de éstos que salen en la tele con traje y corbata que intentan poner orden en el planeta; y que el segundo paso después de llegar a ser política, era prohibir la matanza en todo el mundo.
De ahí el dicho, No tomes decisiones cuando estés cabreado, ni hagas promesas cuando estés feliz.
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